Tanto el desarrollo de la ciencia como de la tecnología han colaborado en llegar a la situación que vivimos actualmente, en la que el sujeto se encuentra como invadido por una oferta inédita de objetos, de gadgets (al margen de que pueda acceder o no a ellos, lo cual implicaría otro análisis), que favorecen el sostenimiento de una ilusión, la ilusión de que cualquier clase de necesidad puede ser satisfecha por algún objeto, o sea, en otras palabras, que existe el objeto adecuado (ese objeto que el psicoanálisis teoriza como perdido) para colmar la necesidad, que existe, en definitiva, para cada problema su solución, borrando de esta manera (en la ilusión, por supuesto) la dimensión de la falta y sosteniendo la idea de un Otro completo.
Si a pesar de todo (y como es lógico que suceda, puesto que lo real insiste, ya que no deja de no inscribirse) la angustia persiste, por el retorno de la falta renegada... para eso están las psicoterapias.
Es así como asistimos, en los últimos años, a una suerte de proliferación de las llamadas terapias alternativas (¿alternativas de que?, no sé): análisis transaccional, existencial, terapias guestálticas, cognitivas, logosóficas, etc., que, salvo raras excepciones (flores de Bach, terapias medicamentosas), basan su eficacia en el valor de la palabra, al despliegue de ésta y a su escucha -de ahí que muchas se digan "de base psicoanalítica"-. Ahora bien, sabemos que aquel que esta en el lugar del que escucha, el auditor, queda ubicado, por el sólo hecho de escuchar, en una posición de Amo con respecto al que lo consulta, ya que es el que puntúa la frase, adueñándose del sentido. Lugar del Gran Otro que tiene el poder de responder o no a la demanda (demanda que no se diferencia de la que puede recibir un psicoanalista) de reestablecer un estado de armonía anterior a la aparición de los síntomas. También la podemos formular como demanda de un significante que lo identifique, que le de un sentido a ese desborde de angustia que da cuenta de lo real del síntoma, que le permita, recobrando el equilibrio perdido, la readaptación a su realidad, para poder continuar su alienación a los imperativos sociales. Es porque responde a esta demanda que el psicoterapeuta, como agente de salud es (como agente de lo socialmente instituido, es decir, como un engranaje de la sociedad que ayuda a sostener) queda ubicado en el lugar del Ideal, lugar que Freud supo despejar como el del hipnotizador (véase "Psicología de las masas..."), desde el cual puede producir, por obra y gracia de la sugestión, efectos terapéuticos, como desapariciones de síntomas por ejemplo.
Todas las psicoterapias, se llamen como se llamen, se basan en este esquema y tienen, como único resorte de su eficacia, a la sugestión. Es interesante recordar lo que dice el diccionario sobre el término sugestión: "Estado psíquico provocado en el cual el individuo experimenta las sensaciones e ideas que le son sugeridas." Y de sugestionar dice: "Dominar la voluntad de una persona, llevándola a obrar en determinado sentido." O sea que la noción de sugestión es inseparable de la idea de un dominio que alguien ejercería sobre otro, dominio con respecto al cual Freud decía que el paciente tenía todo el derecho a resistirse, a rebelarse. Y ¿qué es lo que resiste en el paciente a los intentos de dominio (ya se trate del hipnotizador o del psicoterapeuta) si no es lo que llamamos su deseo?
Existe (no lo podemos negar) lo que podríamos llamar una "demanda social de terapia", a la que el psicoterapeuta responde, con el objetivo de readaptar a los sujetos a su medio. El psicoanalista no puede considerarse al margen de las reglas del juego que rigen una sociedad, por lo cual, sin responder a las presiones sociales, debe demostrar, dando a conocer los efectos terapéuticos de la experiencia analítica, que el psicoanálisis es, si vale la expresión, "la mejor terapia".
Sabemos que para Freud el tema de la sugestión representó un problema que nunca dejó de preocuparle. Intentó aislarlo, estudiarlo, despejar su lógica (sobre todo en "Psicología de las masas...") para diferenciar sus efectos de los propiamente analíticos. Si bien podemos encontrar referencias al tema a lo largo de su obra, este párrafo de la conferencia 28 es claro y contundente: "La terapia hipnótica busca encubrir y tapar algo en la vida anímica; la analítica, sacar a la luz y remover algo. La primera trabaja como una cosmética, la segunda como una cirugía. La primera utiliza la sugestión para prohibir los síntomas, refuerza las represiones, pero deja intactos todos los procesos que han llevado a la formación de los síntomas. La terapia analítica hinca más hacia la raíz, llega hasta los conflictos de los que han nacido los síntomas y se sirve de la sugestión para modificar el desenlace de esos conflictos".
Me parece interesante observar que el problema no es tan simple, no es cuestión de "dividir aguas" y decir "esto es sugestión y esto es psicoanálisis". Freud habla de servirse de la sugestión como de una herramienta, la considera parte de la experiencia analítica (en sentido de que para él es un aspecto de la transferencia) hasta el punto de llegar a afirmar, en Dinámica de la transferencia, "debemos reconocer gustosamente que los resultados del Psicoanálisis reposan en la sugestión." Afirmación fuerte, ¿no? ¿Confunde las cosas? No lo creo, en tanto no perdamos de vista el hecho de que para Freud la sugestión era una parte ineliminable de la transferencia positiva.
Al final del párrafo de la conferencia citada, Freud hace un especial hincapié en el hecho de que las terapias sugestivas dejan al paciente en una situación de pasividad, mientras que la terapia analítica obliga, tanto al paciente como al médico, a un trabajo. Es decir, si bien el analista puede recibir el mismo tipo de demanda de sentido (no es otra cosa lo que sucede), en lugar de responder a esa demanda, la pone a trabajar (este es el verdadero sentido de la Regla de abstinencia), trabajo que va a permitir la producción de los significantes amos en los que el goce del paciente esta atrapado, y que son los que en realidad lo sugestionan, comandando su vida.
Lacan dijo (en "La Tercera...") que la religión tenía el futuro asegurado, no así el psicoanálisis. Quizás captó que existe algo inherente al vínculo entre lo que él llamó discurso capitalista y la necesidad de sentido.
Mientras que la psicoterapia alimenta al síntoma con sentido, cronificándolo, al psicoanálisis le interesa descubrir los significantes sin-sentido en los que esta amarrado el goce del síntoma, manteniendo al sujeto como rehén. Es sólo con la caída de las identificaciones a estos significantes amos, y con la consecuente renuncia al goce, que el sujeto puede, desatando sus amarras, encontrarse con su deseo. Pero como solía decir Lacan, el análisis deja al sujeto en el umbral de su acto. De ahí en mas...depende de su decisión.